Con casi mil millones de personas viajan cada año, el turismo tiene un enorme peso en la economía mundial, especialmente en áreas de gran valor cultural y ecológico. Por lo tanto, el turismo no debe pasar bajo el rádar de la sostenibilidad.
En los años 80 se empezó a cuestionar el modelo de desarrollo dominante con la introducción del concepto de desarrollo sostenible basado en “satisfacer las necesidades de las generaciones futuras además de las presentes”. Algunos como KRIPPENDORF, aplicaron este concepto al turismo. De ahí el término “turismo sostenible”.
Otras nuevas ideas como la slow-life, el consumo responsable e incluso el decrecimiento ofrecen una nueva luz sobre los problemas socioeconómicos que debemos afrontar, también en el turismo.
La perspectiva de la industria turística respecto a la sostenibilidad se reduce -excepto honrosas excepciones- a unos pocos cambios más cosméticos que reales.
Pero no sólo la industria tiene una responsabilidad, el turista debe comprometerse a elegir productos más sostenibles. Los gobiernos deben asegurar un desarrollo turístico equilibrado y renunciar a desarrollarlo dónde esto no sea posible.
En España ya existe una fuerte demanda social para frenar el crecimiento especulativo que destruye el propio recurso que atrae a los turistas, ya sea la montaña o la costa o incluso algunas zonas urbanas, para evitar matar la gallina de los huevos de oro.
Además, el cambio climático requiere cambiar la forma de transportarnos; priorizar el tren, el autobús y la bici sobre el coche y el avión además de mejorar la eficiencia de los medios de transporte.
Hay mucho trabajo por hacer. La industria turística no es la única que puede hacer algo. Todos como turistas, periodistas, profesionales, accionistas o simples ciudadanos podemos aportar nuestra granito de arena.
Otro turismo es posible y necesario.

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